jueves, 4 de agosto de 2016

LA LIBERTAD DEL ESPÍRITU

LA LIBERTAD DEL ESPÍRITU


  Corría el mes de mayo de 1898 cuando Amelie tan solo contaba con quince primaveras. Y con tan corta edad ya se vio obligada a desposarse con el burgués Dupoint, un hombre rico gracias a pegarse cual garrapata a la axila del marqués de Cornualles, dueño absoluto de prácticamente toda la región. Dupoint pasaba de los cuarenta años, era un hombre poco agraciado, de modales rudos y algo tosco, justamente las carencias que padecía el marqués; y por eso este le quería a su lado y Dupoint había medrado a su sombra.
  Amelie era la quinta hija de uno de los agricultores al servicio del marqués. Dupoint el encargado de revisar todos los trabajos en las tierras, y en especial las de esa parte de la región. Aunque no era necesario que él se manchase los pies acudiendo en propia persona, para eso tenía a sus subalternos, pero desde hacía más de un año solo él se acercaba a pedir cuentas. Dupoint lo hacía porque se había encaprichado de Amelie desde que descubrió la hermosura de su rostro, desde que su cuerpo de niña se transformase en mujer, desde que su torso mostrase unas turgentes protuberancias y su cintura de avispa le aguijonease el corazón. Estaba harto de ver mujeres bellas en la mansión del marqués, unas relacionadas con la nobleza y otras totalmente en el lado opuesto, simples damas cortesanas, pero en ninguna había visto una belleza tan impresionante como la de Amelie. Debía ser suya, suya y de nadie más. De modo que un día Dupoint le anunció al padre de Amelie que se la llevaba de allí para casarse con ella.
-¡Por Dios, señor, no es más que una niña! –exclamó el padre con tono de súplica.
-¡No te estoy pidiendo permiso, estúpido! –vociferó con acritud-. Tan solo te cuento lo que voy a hacer. Mañana mismo vendré a por ella, así que más te vale tenerla preparada. –Le amenazó.
-¡Por favor, señor, no puede hacer eso!
-¡Calla! –Dupoint le soltó un duro bofetón-. Calla y obedece si no quieres perder todo cuanto tienes. Mañana la quiero preparada y sin una lágrima por parte de nadie, sin despedida. Procura hacerme caso por tu bien y el de tu familia. –Se montó en su caballo y se marchó veloz.
  Obedeciendo sus órdenes, Amelie se marchó al día siguiente con Dupoint, sin nadie que la dijese adiós o la diera un beso; su familia no podría hacerlo sin derramar una lágrima y temían las represalias que esa desobediencia les pudiese acarrear. Dentro del carruaje, Amelie no pudo contenerse más y comenzó a llorar con desconsuelo. Estaba muy apenada por tener que alejarse de sus seres queridos y sentía un pánico acerbo ante lo desconocido que le aguardaba, ante ese hombre que la ocasionaba temor. Un temor angustioso que le provocaba más y más llanto.
  Durante el camino, Dupoint le pidió no llorar más y pensar en lo feliz que iba ser, en todas las riquezas de las que disfrutaría, además de codearse con la nobleza. No paraba de repetirle que debía estar más que agradecida por el cambio de vida que él iba a regalarle, cualquier otra en su lugar estaría muy contenta, se sentiría una privilegiada. Pero ni los lujos ni las riquezas eran capaces de consolar el llanto de Amelie, y cuando Dupoint intentó abrazarla para calmarla, esta le mordió en el brazo con la intención de apartarle de ella.
-¡Serás zorra! –Dupoint le cruzó la cara con un fuerte bofetón-. Estás sin civilizar y así no puede comportarse mi mujer. Creo que tendré que llevarte a que te enseñen modales, y sé del lugar idóneo. Conozco el sitio apropiado para ti, un lugar donde saben domar a fierecillas como tú, donde te enseñarán modales de dama, no de bestia como parece ser que te ha enseñado el torpe de tu padre. ¡Cochero! –chilló, asomando la cabeza por la puerta del carruaje-. Dirígete a casa de Jean Fontaine.
-Sí, señor –contestó.
  Jean Fontaine era otro burgués de la zona cuya fama consistía en enseñar refinados modales a jovencitas de la alta sociedad, o a todo aquel que pagase el precio solicitado por sus servicios. Era un hombre elegante, alto, educado, refinado, prácticamente todo lo contrario a Dupoint, además de poseer un gran atractivo físico. Llevaba seis años viudo, desde los treinta y uno, y nunca había vuelto a enamorarse, tan solo ocupaba la cama de toda la que le invitase a entrar en ella, sin más, pero el corazón siempre lo dejaba fuera.  
  Amelie se deslumbró al entrar en aquella mansión de techos inalcanzables, gigantescas lámparas y lujos por doquier. Pero aún se deslumbró más cuando Jean entró en el salón donde Dupoint y ella aguardaban su llegada. Nunca había visto a un hombre semejante, ni tan guapo, ni tan bien vestido, ni desprendiendo un olor tan agradable que casi la hipnotizaba. Y mucho menos había escuchado antes hablar de esa forma tan delicada y suave como hacía el timbre de voz de Jean, era una aterciopelada melodía que le acariciaba los tímpanos.
-Buenos días, soy Jean Fontaine –dijo, tomando la mano de Amelie y besándola-. Encantado de tenerla aquí, señorita.
-Y a mí, ¿no me saludas? –gruñó Dupoint.
-Por supuesto, amigo, pero primero siempre son las damas, o damiselas en este caso –aclaró.
-En este caso mejor decir bestias –enunció mirando a Amelie, que bajó la cabeza-. Por eso mismo te la traigo, para que la domes. Enséñale modales, los necesita.
-Desde luego. Haré todo lo que esté en mi mano, ya conoces mi reputación.
-Y pronto –soltó cabreado-. En un mes quiero casarme con ella, quiero hacerlo antes de que llegue el verano.
-¿Y por qué tantas prisas? –preguntó Jean intrigado.
-Eso a ti no te importa, es cosa mía –replicó-. Si te supone un problema hacerlo tan rápido te pagaré el doble.
-No, está bien –respondió-. Nos esforzaremos al máximo con ella.
-Pues aquí te la dejo –dijo empujándola, acercándosela a él-. Espero que me sorprenda su cambio a la vuelta.
-Te sorprenderá, amigo, ya lo verás –afirmó despidiéndose de él, acompañándolo hasta la puerta.
  Amelie no era la única joven viviendo en aquel lugar e impartiéndole modales, había seis mujeres más, aunque ella era la menor de todas y la única de procedencia humilde; con lo cual las demás intentaban acercarse a ella lo menos posible. Jean se empleó a conciencia con Amelie, y ella, encantada con su presencia, porte y forma de comportarse, aprendía tan rápido que el deslumbrado fue Jean.
  En menos de tres semanas, Amelie estaba preparada para codearse con toda la nobleza que Dupoint quisiera, sus modales eran finos y esmerados. Pero Jean quiso esperar unos días más antes de hacérselo saber a Dupoint para que viniera a por ella. Había algo en Amelie que le gustaba, no solo por su físico extremadamente bello, era algo de su interior, su inocencia, su pureza; y sentía nostalgia cuando pensaba que pronto dejaría de verla.
  Una noche, Amelie no podía dormir ante la angustia de saber que tenía que volver con Dupoint y casarse con él, y decidió dar una vuelta por el largo pasillo de la mansión, contemplar una vez más aquellos hermosos cuadros que tanto la fascinaban y los espectaculares tapices que vestían las paredes. De pronto, escuchó ruidos, algo similar a un gemido aunque sin parecer un lamento. Con sigilo se acercó hasta el lugar de donde procedían tales sonidos, era la habitación de Jean. La puerta se encontraba entreabierta y la curiosidad de Amelie pudo más que ella misma y decidió fisgonear. Observó los cuerpos desnudos de Jean y una mujer moviéndose, acariciándose, uniendo sus labios con fuerza, produciendo más ruidos con sus bocas hasta acabar rendidos y quietos. Amelie no sabía lo que acababa de presenciar, lo que Jean y esa mujer habían hecho, pero parecía ser muy satisfactorio y gustoso, pues ambos estaban muy felices al terminar. En silencio, Amelie regresó a su habitación sin apartar de su mente la imagen de esos cuerpos y preguntándose un montón de cuestiones para las cuales no tenía respuesta.
  Al día siguiente Jean le comunicó que estaba preparada para marcharse y que iba a decir a Dupoint que viniera a recogerla. La curiosidad y a la vez la inocencia de Amelie no pudieron evitar preguntar a Jean por lo que había visto la noche anterior.
-¿Me viste? –preguntó perplejo.
-Sí, pero no quería hacerlo, señor –se excusó-. Escuché ruidos y me acerqué a ver qué ocurría, lo juro.
-No está bien espiar, Amelie –le reprendió.
-Perdón, señor, no lo repetiré nunca más, os lo prometo. Pero, por favor, explíqueme qué era lo que hacían.
-¿Cómo? ¿No sabes lo que hacíamos? –El desconcierto tomó el rosto de Jean cuando Amelie negó con la cabeza.
  Pero el desconcierto torno al momento, Jean se conmovió ante la candidez de aquella preciosidad tan pura y a la vez sintió escalofríos al imaginarla en brazos del rudo de Dupoint. El vello se le afiló pensando en el poco tacto que aquel hombre tendría con ella, la escasa delicadeza, más bien nula, al desvirgarla. Le horrorizó pensarlo.
  Jean pidió a Amelie dar un paseo por la gran finca y le explicó todo acerca del amor y el sexo, la importancia de las caricias y besos, el deber de ser cuidadoso y cariñoso buscando la finalidad de hacer gozar a la mujer. La cara de Amelie iba cambiando por instantes, lo hacía radicalmente, y al final de la explicación de Jean de forma inevitable comenzó a llorar.
-¿Por qué lloras, Amelie?
-Ese hombre no es como usted, no entiende de caricias ni de amor, solo sabe imponer órdenes. Él no me tratará con la dulzura y delicadeza que usted me ha explicado –dijo sin parar de llorar-. Señor, él no estará pendiente de no hacerme daño, él es un bruto que me exige modales a mí cuando él carece de todos ellos. Tengo miedo, señor. –Continuó llorando.
-No, Amelie, no llores. Dupoint sabrá tratarte. Cálmate. –La besó en la frente.
  Amelie sintió una necesidad imperiosa por probar los labios de Jean, no quería entregar su primer beso a Dupoint, sino a quien ella quisiera, y deseaba con fuerza que fuese con él. Sin meditarlo un segundo más, unió sus labios a los suyos y se sorprendió al ser correspondida y besada de una forma que hizo temblar a sus piernas. Al separarse, Jean la miró fijo y sin emitir una sola palabra se marchó de allí a paso ligero, dejando a Amelie sola y confundida.
  Amelie tampoco podía dormir esa noche, la última que pasaría en aquella mansión bajo el techo de Jean, el primer hombre al que había entregado sus labios, con el que se había besado. Y el sueño se había esfumado precisamente por pensar en ese beso, en la sedosidad de los labios de Jean y en la novedosa sensación que su cuerpo había experimentado. De repente, Amelie escuchó abrir la puerta de su alcoba y se incorporó de la cama. La silueta de Jean, con un candelabro en la mano, penetró en la habitación, iluminándola. Ella salió de la cama, él se acercó hasta Amelie despacio; ambos se contemplaron. Ninguno de los dos dijo una sola palabra, sus ojos se bastaron para hablar, para gritarse que deseaban más después de aquel beso.
  Jean desnudó lentamente a Amelie, después lo hizo él. Llevándola de nuevo a la cama, recubrió su precioso, joven y virginal cuerpo de besos, la hizo tocar las puertas del cielo una y otra vez con sus caricias, amándola de forma tierna, delicada y deseosa. Amelie creyó morir sintiendo ese placer inundando su ser y encharcándole el alma. Permanecieron abrazados largo rato, cubriéndose de besos sin parar, y antes de llegar el alba, Amelie decidió que Jean la amase de nuevo. Sus cuerpos vibraron con fuerza mientras los primeros rayos de sol perpetraban por los ventanales de la habitación. Amelie se abrazó a Jean y lloró.
-¿Por qué lloras? –interpeló confuso.
-Porque no quiero irme, señor, quiero vivir con usted.
-Eso no puede ser, Amelie. Dupoint va a hacerte su esposa, debes marchar con él.
-Pero yo no deseo irme con él, no le quiero –gimoteó-. Yo le quiero a usted.
-Estoy seguro de que no le quieres, pero tampoco me quieres a mí. Además, yo no te intereso, Amelie. Yo solo amé una vez, a mi esposa, luego no he sido capaz de amar nunca más, ni sé si quiero hacerlo.
-Pero acabamos de amarnos, usted me explicó que esto era amor –expresó confusa.
-Amelie, hemos hecho el amor, pero no nos amamos –puntualizó Jean-. Yo solo he querido que recordases tu primera vez de forma agradable porque sé que con Dupoint no sería así. –Le acarició la mejilla y añadió-: Y tú también querías que yo fuese el primero, lo vi en tus ojos esta mañana, al besarme. Simplemente nos hemos complacido, nada más.
  Jean salió de la cama, se vistió y cabizbajo abandonó los aposentos de Amelie. Un par de horas más tarde,  Dupoint entraba en la mansión a recogerla para llevársela con él. Amelie buscaba continuamente la mirada de Jean para ver qué veía en ella, pero este la eludía siempre. Con un fuerte abrazo, Dupoint se despidió de Jean, feliz y contento de haber conseguido lo que él quería, una joven hermosa, con modales y llena de inocencia. Dupoint no tenía la menor idea de que había pagado hasta para hacerle perder la honra.
  Mientras que Dupoint se encaminaba al carruaje, Jean se acercó a Amelie para despedirse de ella.
-Piensa en mí cada vez que hagas el amor con él –le sugirió-. Piensa en cómo yo te he amado, cuánto te he hecho disfrutar, en mis caricias y besos. Algún día volveré a tener tu cuerpo entre mis brazos, lo juro –aseveró.
  El corazón de Amelie dio un brusco vuelco y la sonrisa brotó de sus labios. Entró en el carruaje feliz y emprendió el camino hacia su nueva vida sin miedo. Ahora tenía una esperanza a la que aferrarse con fuerza, cualquier día podía volver a ser amada por Jane, el único hombre que ella quería, al único hombre que había entregado su corazón, su inocencia y castidad. El cuerpo de Amelie estaría sometido a Dupoint, pero su alma volaría libre y con una clara elección: Jane Fontaine.




Espero que os haya gustado este corto relato, queridos lectores. Hasta la próxima entrada.

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Muchas gracias, María Constanza, tus palabras me emocionan a mí, de verdad. Un beso.

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