viernes, 4 de marzo de 2016

RELATO CORTO: NUESTROS MONSTRUOS


NUESTROS MONSTRUOS


Mi mundo se había convertido en un monstruo de tres cabezas.
Una no paraba de intimidarme,
la otra me asfixiaba
y la tercera me engullía.
El monstruo, por suerte, no venía todos los días,
no me acechaba a diario,
pero cuando lo hacía me aterraba,
me causa tanto pánico que dejaba de ser yo
para convertirme en un pelele a su merced y capricho.
El monstruo me transformaba en un ser desvalido,
vulnerable y tristón.
El monstruo no paraba de sacar todas mis miserias,
miedos e incertidumbres.
Y se alimentaba de ellas,
y con ello crecía de continuo,
y cada vez eran más frecuentes sus visitas.

Un día encontré un hueco para esconderme del monstruo de tres cabezas,
aquel ser que había conseguido desbancar la sonrisa de mi alma
y me había hecho sentir pequeñita y cobarde.
Hallé un lugar para burlarlo,
un espacio donde me sentía bien, protegida.
Un sitio rectangular y mullido, acogedor, utilizado para descansar: mi cama.
Mi cama se había convertido en mi refugio,
en mi muralla a la realidad.
Desde ella todo se veía distinto,
no existían los problemas;
el monstruo de tres cabezas no podía alcanzarme
si no salía de ella para enfrentarme a él.
Mi cama era capaz de neutralizar al monstruo,
de omitirlo,
de volatilizarlo.

Y así, sin darme cuenta, terminé cambiando al monstruo
que me infundía tanto terror por mi cama,
que día a día y en silencio se iba comiendo mi alma.
Y cada vez constaba más salir de ella,
mi cuerpo había empezado a pertenecerla,
el monstruo se había desvanecido
pero yo me había quedado anclada en la pena
y la tristeza de no saber manejar mi vida.

Me había convertido en una esclava,
primero de un terrorífico monstruo,
después de un espacio, en apariencia, apaciguador.
Hasta que una mañana mi voluntad se levantó en armas,
había decidido plantarle cara al mundo, a la vida,
al monstruo de tres cabezas,
al lugar acogedor y confortable que parecía ser un buen remedio
y, sin embargo, había empeorado todo más.

No puedo decir qué final tendrá esta historia,
pues todavía está por escribir.
Lo que sí os puedo contar es que cada día,
cada mañana,
me levanto peleona y con ganas de ganar
a cada monstruo, a cada fantasma, a cada penuria…
El monstruo puede que gane alguna batalla,
pero jamás le dejaré vencer la guerra
y nunca volveré a darle la satisfacción de huir,
de confinarme en mi cama ni en ningún otro lugar.

En la mayoría de ocasiones la vida no es justa ni grata.
Pero si hay que bailar con las desgracias,
bailemos esbozando una sonrisa,
no derramando lágrimas.
Luchemos ante las adversidades,
y aunque no ganemos,
al menos podremos sentirnos orgullosos
de haberlo intentado.
Nadie dijo que la vida fuera fácil ni sencilla,
si bien debemos pelear con uñas y dientes
para no perder nuestra sonrisa.
Ella es la única arma capaz de enterrar
a todos nuestros monstruos.



Eva Zamora.









"Puede ser un héroe lo mismo el que triunfa que el que sucumbe; pero jamás el que abandona el combate." 
                                                                                                                       Thomas Carlyle



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