viernes, 19 de febrero de 2016

PRIMEROS DOS CAPÍTULOS DE "TODO POR DANIEL" Y VÍDEO DE LA PRESENTACIÓN.

CAPÍTULO PRIMERO

El caso de Daniel Arguelles llenó páginas y páginas de todos los periódicos y horas de radio y televisión. Hasta traspasó las fronteras de nuestro país y se hicieron eco del peculiar suceso en prácticamente todo el mundo. Sí, peculiar, o sea, poco frecuente. Aunque más que su singular historia, lo que le hizo ganarse la fama de especial fue la decisión que tomó el juez Guzmán al respecto. Una sentencia que él mismo denominó insólita. «No quiero crear jurisprudencia con esta decisión, ni mucho menos, sencillamente son medidas desesperadas ante situaciones desesperadas», apostilló al final de su provisional fallo.
Daniel, el principal protagonista de esta historia, nació hace veinticinco años, la fría madrugada del cinco de febrero de 1988. Su madre pasó unas larguísimas horas de parto, dieciséis para ser más precisos, pero todo ese dolor fue compensado al ver la carita de su niño. Al menos eso le contó su padre a Daniel, porque su madre falleció a consecuencia de un ictus cuando él tenía solo quince meses. Apenas recordaba nada de ella, aunque su padre se encargó de contarle toda su vida cuando fue algo más mayor.
Ricardo, el padre de Daniel, era un hombre de treinta y seis años cuando se estrenó en la paternidad. Nunca se planteó casarse ni formar una familia, su vida era una trepidante y arriesgada aventura en la cual no había lugar para nada ni nadie más. Era agente del cesid, espía, y eso más que un trabajo, en realidad era un estilo de vida. En el cesid, actualmente, desde el año 2002, cni (Centro de Inteligencia Nacional), proteger el interés común primaba por encima de las aspiraciones de sus miembros; algo que Ricardo sabía y tenía asumido, por eso no pensaba en compartir su vida con nadie. Pero todas sus férreas ideas se fueron al traste y dieron un vuelco por completo al conocer a Paula debido a un golpe fortuito por un frenazo a destiempo en un semáforo. Ocho meses después de aquel pequeño siniestro se dieron el «sí quiero» en una pequeña y casi perdida ermita de un pueblo del interior de Castellón. Un año después, nacía Daniel, el mayor regalo para ambos, lo que les colmó de felicidad.
Cuando Paula falleció, Ricardo estaba en una misión, la que él pretendía que fuera la última. Una misión en la que fue sorprendido por un inesperado acontecimiento y en la cual, después de mucho tiempo de búsqueda, se le dio por desaparecido. El cesid terminó declarándole oficialmente muerto cinco años después de su evanescencia, en 1994.
El pequeño Daniel, que contaba quince meses en ese momento, se encontró en una situación muy difícil, pues no tenía más familia. Su madre se había criado en casas de acogida y nunca supo de quién era hija, si tenía más hermanos, padre, abuelos…; en fin, parentela en general. En cuanto a su padre, era huérfano desde los seis años, sus progenitores murieron en un accidente de avión junto a ciento ochenta y tres pasajeros. Ricardo se crió con sus abuelos maternos, los únicos que tenía, y ambos fallecieron años antes de que su biznieto naciera. Daniel estaba solo, no tenía a nadie que pudiera hacerse cargo de él.
Los vecinos, alertados por el incesante llanto del niño y asustados porque nadie abría la puerta tras insistir llamando, avisaron a la policía.
—Nos parecía muy extraño escuchar ese llanto sin consuelo y sospechamos que algo ocurría —dijeron a los agentes, que forzaron la cerradura y entraron a la vivienda para comprobar que Paula yacía en el suelo muerta, y el niño, a su lado, no paraba de llorar. Preguntaron a los vecinos por el padre o si conocían algún familiar a quién poder llamar.
—Paula no tenía familia, y Ricardo, su marido, tampoco —añadió una de las vecinas, la señora Manuela—. Él se marchó de viaje por trabajo, y Paula llevaba días sin saber nada de él, estaba muy preocupada.
—Tendremos que avisar a Servicios Sociales —explicó uno de los agentes, y a continuación lo notificó a la central.
Los Servicios Sociales de la Comunidad Valenciana recibieron el aviso de hacerse cargo del pequeño Daniel el siete de mayo de 1989. Sonia, la jefa de ese departamento, acudió en persona junto con otra asistente social a recoger al niño. Era una mujer de treinta y cinco años, soltera, seria hasta el extremo, fría y con un carácter prácticamente inflexible. Sus compañeros la llamaban «la dama de acero», algo que ellos creían que ella ignoraba, aunque Sonia lo sabía perfectamente, si bien no la molestaba. Ella prefería tener esa fama de dura, así ninguno se atrevería nunca a pisarla.
El carácter adusto de Sonia no era así sin más. Su tía, con la que se había criado, fue la encargada de imprimírselo. La madre de Sonia, Azucena, se quedó embarazada con tan solo diecisiete años, algo que enfureció más a su madrastra que a su propio padre. El novio, un marinero asturiano ocho años mayor, nada más enterarse de la noticia puso tierra de por medio, o mejor decir mar en ese caso, y desapareció de su vida. Vivían en un pequeño pueblo de la provincia de Lugo, y en aquella época, por el año 1954, algo así estaba muy mal visto, más aún en un lugar donde todos se conocían. A su madrastra no le apetecía escuchar los cuchicheos de los vecinos por la calle, ni mucho menos que la señalasen. La solución fue tan drástica como eficiente: echarla de casa. «Muerto el perro se acabó la rabia», le dijo a su marido, al padre de Azucena, que se calló la boca y le dejó hacer lo que creyese conveniente.
Estrella, la hermana de Azucena, se marchó con ella. No pensaba dejarla sola ni quería vivir un minuto más con un padre que no tenía voluntad ninguna. Estrella tenía dos años más que Azucena y, desde muy pequeña, siempre se comportó con ella como si fuera su madre, desde que la suya enfermó para posteriormente morir. Estaba acostumbrada a trabajar sirviendo en casas de gente adinerada, pero durante el último año lo había hecho como niñera en casa de la marquesa de Trévez, una joven viuda ricachona que le pagaba muy bien. Una parte de los pocos ahorros que tenía la empleó en comprar dos billetes de autobús a Valencia, donde empezarían una nueva vida. La otra la guardó para poder pagar la habitación de una modesta pensión mientras encontraban trabajo, o arrendar un pequeño piso, siempre y cuando se lo pudiesen permitir.
El comienzo no fue nada fácil. Azucena, por su embarazo, no estaba en condiciones de trabajar, y además tenía una salud quebradiza, así que Estrella se mataba a limpiar casas para poder comer e intentar pagar el alquiler de un minúsculo y ruinoso piso.
Unos meses después de dar a luz, Azucena falleció de una neumonía; sus pulmones, inflamados e infectados en pus, acabaron con su joven vida. Estrella se hizo cargo de Sonia y le trasmitió su duro carácter, su desconfianza hacia los hombres, «el diablo» según ella, y su resentimiento para con la vida. Sonia creció sin amistades y con el recelo continuo que su solterona tía le había inyectado en vena hacia el género masculino. Lo único que hacía con ilusión y pasión era su trabajo. Esa era única y verdaderamente su vida.
El reloj biológico de Sonia venía llamándola a gritos desde hacía un par de años, pero no tenía pareja ni buscaba arrimarse a ningún hombre para satisfacer su instinto materno. Tan solo salió con un hombre en una ocasión, a los veintisiete años, diez meses de noviazgo en los que solo hubo unos castos besos de por medio. Al final, su tía la convenció de que Joaquín, así se llamaba el pretendiente, solo quería aprovecharse de ella y terminaría haciéndole un bombo y abandonándola, como le sucedió a su madre. Sonia lo dejó y no volvió a acercarse a un hombre desde entonces. Sin embargo, para tener un hijo necesitaba uno, al menos su semilla. Pero ella no concebía tener sexo sin más, aparearse como un animal, por eso llevaba meses planteándose la posibilidad de hacerse una inseminación artificial y poder ser madre.
Pero todos esos pensamientos que inundaban su mente continuamente cambiaron de forma, de escenario, aunque no de fondo, en el momento que sus ojos divisaron a Daniel, que continuaba llorando sin parar, revolviéndose continuamente en los brazos del agente que lo sostenía.
—Me permite un momento, por favor —le dijo al agente para poder coger ella al niño.
—Sí, por supuesto. Todo suyo. —Estiró sus brazos para dárselo.
Daniel paró de llorar en cuanto Sonia lo cogió, lo envolvió con sus brazos y empezó a tararear dulcemente una nana. Todos se quedaron asombrados contemplándolo. Se hizo un silencio total, escuchando su sutil tarareo y viendo cómo Daniel la miraba sonriendo.
—Si no lo veo, no lo creo —soltó sin salir aún del asombro el agente que lo había tenido en brazos—. Es cierto eso de que la música amansa a las fieras.
—¡No sea bruto, agente! —exclamó Sonia—. Es un bebé de poco más de un año, no es ninguna fiera. Tan solo estaba asustado al ver a su madre tirada en el suelo sin moverse. Solo necesitaba un poco de calma, nada más.
Daniel, como si comprendiese la situación, se abrazó fuerte al cuello de Sonia, que lo abrazó con más ganas, estrechándolo contra su pecho, sintiendo pegado a su cuerpo los golpecitos de su pequeño corazón latiendo con fuerza. Después tomó su sedosa carita con su mano y lo miró. En ese momento justo, ni un segundo antes ni uno después, mirándose recíprocamente con sus ojos color bellota, supo que lo quería. Quería a ese niño, se había enamorado de él. Le había cautivado su pelo moreno un poco ondulado, su piel sonrosada, sus mofletes redondos y gorditos y sus encarnados labios de piñón. Era toda una monada. Mirándose fijamente, sin ni siquiera pestañear, Sonia tuvo la certeza de que sus despiertos ojos le pedían amparo, se lo gritaban. No hizo falta nada más, estaba decidido; quería ser su madre, lo necesitaba tanto como él precisaba que lo cuidasen y protegiesen. Sonia volvió a abrazarlo fuerte, sus ojos se velaron al instante, sintiendo el calor del pequeño y de nuevo el palpitar de su corazón latiendo al compás del suyo. En tan solo unos escasos segundos se creó entre ellos un momento mágico, inexplicable. Y el velo que Sonia tenía en sus ojos se trasformó en lágrimas que saltaron raudas a sus mejillas.
—¡Estás llorando! ¡Pero si tienes lágrimas! —espetó Encarna, la otra asistente social, boquiabierta—. En los doce años que llevo trabajando contigo no te he visto llorar nunca —afirmó con asombro.
—Y como se te ocurra contárselo a alguien te mato, ¿entendido? —Sonia enjugó rápido su emoción.
—Por supuesto, tranquila.
Sonia y Encarna abandonaron el piso y se marcharon con Daniel hacia su lugar de trabajo en vez de a la casa de acogida correspondiente, tal y como ordenaba el protocolo. Sonia quería hablar con su jefe antes, había tenido una idea, quería acoger ella misma a Daniel hasta que apareciese su padre. Encarna no paró de decir durante todo el trayecto que si lo había pensado bien.
—Es una locura, ¿cómo vas a cuidarlo? ¿Y el trabajo? ¿Qué harás con él mientras estés de servicio?
Sonia no contestó ni a una sola de las preguntas de Encarna, solo miraba obnubilada a Daniel, acariciándolo y besándolo. Pretendía hacerle sentir resguardado y querido, no le importaba nada más en ese momento.
Cuando llegó al despacho de Rafael Escudero, su jefe, y este la vio entrar con el niño en brazos, se quedó patitieso.
—¿Adónde vas con ese niño? ¿Por qué no lo has dejado en la casa de acogida? —preguntó aturdido.
—Porque lo voy a acoger yo. Quiero ser su madre de acogida —contestó seria.
Rafael, que estaba de pie, se dejó caer en su sillón sin dejar de mirarla fijamente, circunspecto, y de pronto comenzó a soplar fuerte, negando a la vez con la cabeza. Su boca disparó al aire todo tipo de preguntas, unas tan solo retóricas y otras con la intención de ser contestadas. Sonia tuvo respuesta para todas y cada una de ellas sin titubear ni un ligero instante. Estaba decidida e iba a hacer todo lo que pudiese para ser la madre de ese niño, aunque ese hecho solo fuese de forma temporal.
—Sabes que su padre puede aparecer en cualquier momento —le dijo Rafael medio cabreado.
—Lo sé.
—Y no crees que es mejor dejarlo en la casa de acogida hasta entonces. ¿Qué leches te pasa? —Levantó un poco la voz.
Daniel empezó a gimotear, abrazándose más fuerte a Sonia. Esta comenzó a calmarlo y a besarle la cabeza.
—No levantes la voz, por favor, no ves que está asustado —susurró Sonia.
Rafael, en tono comedido, le explicó de nuevo que eso no podía ser, se estaba ligando emocionalmente con ese caso y no era muy profesional por su parte.
—No es el primer niño que vas a recoger y que tienes que llevar a una casa de acogida. ¿Qué te ocurre? —volvió a preguntarle.
—Es muy pequeño, me da pena que se quede allí. Conozco el sistema y cumplo todos los requisitos para acogerlo conmigo. No creo que te moleste.
—Me molesta que te impliques tanto porque eso te repercutirá a ti. Te encariñarás con él, y cuando su padre aparezca y tengas que devolvérselo, sufrirás.
—Sufriré igualmente si lo dejo allí. ¡No ves que es muy pequeño! ¡Tan solo tiene poco más de un año! Prefiero tenerlo bajo mi custodia hasta que su padre aparezca.
Rafael se levantó del sillón de cuero negro y comenzó a dar vueltas por el despacho sin parar. Sonia no dejaba de mirar los grandes y espabilados ojos de Daniel, vidriosos en ese momento, que la observaban fijos.
—No voy a dejarte, chiquitín. —Le besó una de sus manitas.
—¿Y qué piensas hacer con él mientras estás trabajando? ¿Se lo vas a dejar a la amargada de tu tía? ¿Crees que ella es mejor que la casa de acogida?
—¡Por supuesto que no! —exclamó, malhumorada ante tal insinuación—. Me cogeré unos días o una pequeña excedencia e intentaré buscar a su padre durante ese tiempo.
—¿Bromeas? —preguntó casi irritado—. ¿Quieres acoger al niño y que yo me quede sin una de mis mejores trabajadoras?
Sonia se levantó un poco enojada y le lanzó su mirada de desprecio. Una mirada fulminadora que Rafael desconocía, nunca la había utilizado con él.
—Egoísta —sentenció Sonia con rabia—. Nunca te he pedido nada en todos estos años, y cuando por fin lo hago, solo te preocupas por ti. No sufras, iré a hablar con el director y que él decida. —Se encaminó hacia la puerta.
—¡Para, para! —Rafael la sujetó por el brazo—. Vamos a hacer algo que no es nada habitual y con lo que voy a darte un poco de tiempo, nada más.
—¿El qué?
—Puedo dejarte a su cargo durante una semana, trámites burocráticos a destiempo los llamo yo. En esa semana quiero que, además de estar con el niño, localices el paradero de su padre y te pongas en contacto con él.
—Vale. ¿Qué sabemos de ese hombre?
Rafael buscó entre los papeles de su mesa y le puso al corriente de lo poco que sabían acerca de él:
—Ricardo Bosco Montalbán, treinta y siete años. Trabaja para el Estado, en el cesid. He hecho algunas llamadas y llevan días sin saber de él. Estaba fuera de España pero no pueden decirme nada más, información clasificada, confidencial. —Chasqueó los labios.
—Entonces, ¿cómo voy a conseguir información yo? —interpeló Sonia, atónita.
—Llamando todos los días y dando la brasa para saber si hay alguna novedad. Tienes armas para persuadir, lo sabes. Intenta chantajearlos emocionalmente con su hijo. Un niño al que solo le queda su padre.
Sonia asintió con la cabeza, sonrió a Daniel y abrió la puerta del despacho para salir.
—Espera —dijo Rafael—. Tómate esta semana a cuenta de tus vacaciones, te empiezan a contar desde mañana. Ahora vete a casa con el niño, tendrás que comprarle comida y pañales.
—Cierto. Gracias —contestó y se marchó.

***

Sonia vivía en un pequeño piso del centro de Valencia. Se independizó al cumplir los treinta años, no aguantaba más el rancio carácter de su tía ni cómo se metía en todo cuanto ella hacía. A pesar de no ser madre, sabía mucho de niños, entre otras cosas por su trabajo, pero también porque había estudiado psicología infantil. Compró todo lo necesario para alimentar y cuidar a Daniel y, de momento, ambos dormirían en la misma cama. Era una cama grande, de matrimonio, a Sonia siempre le gustó descansar con espacio, así que no tendrían problemas para dormir en ella los dos.
Encarna se había encargado, como era costumbre, de coger algo de ropa del pequeño, y Sonia se lo trajo con ella. Todo estaba bajo control, lo único que debía hacer era darle mucho cariño a Daniel mientras trataba de encontrar a su padre.
Como al diablo siempre le gustaba enredar, esa misma tarde, su tía Estrella se acercó a verla, algo completamente inusual en ella. Cuando vio a Daniel en brazos de Sonia, se quedó estupefacta, igual que si hubiese visto a un fantasma.
—¿Quién es este mocoso? O mejor dicho, ¿qué haces tú con él? —preguntó con su resentido tono de voz.
—Es Daniel, un niño al que he acogido momentáneamente mientras encontramos a su padre. No tiene más familia.
—¡Vaya! Tan mal están las cosas que ahora las asistentes sociales os los tenéis que traer a casa.
—No, tía —le contestó a la defensiva—. Lo he traído porque he querido. Está solo y es muy pequeño.
—Para eso están las casas de acogida, para los niños, grandes y pequeños. ¿A qué juegas? —inquirió a la vez que entraba. Sonia fue tras sus pisadas, y Estrella se sentó en el sofá del salón, esperando una respuesta.
—Mira, tía, no tengo que darte explicaciones de mi vida, soy una mujer adulta.
—¿Adulta? Yo creo que eres una insensata, eso es. —Arrugó el entrecejo.
Sonia no le hizo el menor caso e ignoró sus comentarios, que siempre eran reproches; nada nuevo para ella. Sentó a Daniel al lado de esta, el niño la miraba inmóvil, pero al final sonrió.
—Por favor, cuídale un momento, voy a calentarle un puré para que coma.
 Estrella ni abrió la boca, y Sonia se marchó a la cocina a preparar la comida. Cuando regresó, Estrella estaba haciéndole pedorretas a Daniel, que reía sin parar, y Sonia se quedó alucinada viendo aquella escena.
—Si no lo veo no lo creo. Pero si te ha sacado hasta una sonrisa, no sabía que tus labios fueran capaces de lograrlo. Nunca te he visto alegre. —La cara de su tía cambió al instante.
—¿Quién te ha dicho que yo esté alegre? —le preguntó su mal genio.
Daniel volvió a sonreír y emitió un balbuceo sin llegar a comprender qué decía. Y Estrella, la que no estaba alegre, la que no sonreía, volvió a estirar extensamente las comisuras de sus labios. Sonia no quiso hacer ningún comentario más al respecto; sabía que su tía no daría su brazo a torcer y no admitiría que Daniel endulzaba su amargo carácter. Sonia anudó al cuello de Daniel una servilleta, a modo de babero, para que no se manchase mientras le daba el puré.
—¿Vas a saber dárselo? —le preguntó su tía, seria.
—No creo que haya que estudiar una titulación para hacerlo —le respondió, atónita por tal pregunta.
—¿Has comprobado que no queme? Y no llenes mucho la cuchara, luego goteará y se pondrá perdido —escupió su gruñona voz.
—¿Quieres dárselo tú? —Sonia habló un poco ofendida.
—Pues sí, será mejor, trae. —Le quitó el plato de la mano.
Sonia se quedó patidifusa, sin saber qué decir. Sus manos acabaron vacías, y su boca no fue capaz de contradecir a su tía, que ya había empezado a dar de comer a Daniel. Sonia no recordaba haberla visto así de ilusionada nunca, de repente era otra persona, una total desconocida para ella. Y así pasó prácticamente toda la tarde, jugueteando con Daniel, haciéndole carantoñas y hablando con él.
—Bueno, me marcho —dijo Estrella, casi llegando la noche. Se acercó a Daniel, que estaba jugando sentado en una mantita en el suelo, y le dio un beso—. Hasta mañana, pequeñín —se despidió de él.
—¿Cómo que hasta mañana? ¿Vas a venir otra vez? —Sonia realizó la pregunta espantada.
—Por supuesto. Tendré que asegurarme de que cuidas bien de este niño.
—No soy tonta como tú pretendes hacerme sentir. Sé de sobra cuidar de un niño.
—¿Acaso has criado alguna vez a uno? —interpeló su resentimiento—. Que yo sepa no lo has hecho nunca. En cambio yo te crie a ti, y antes lo hice con tu madre. Mi madre estaba enferma y no podía hacerlo. Con solo seis años yo cuidaba…
—Cuidabas de mi madre y aprendiste a cocinar, no tuviste otro remedio —dijo, cortándola y acabando la frase por ella—. Sé que fuiste niñera en casa de una marquesa y luego continuabas ejerciendo ese papel al llegar a la casa de tus padres; ya lo sé, me lo has repetido hasta la saciedad. Y luego, con diecinueve años, te hiciste cargo de mí al fallecer mi madre, y me has sacado adelante tú sola. Me lo sé de memoria, no dejas que lo olvide —le reprochó.
—Y así me lo pagas, no queriendo saber de mí y no queriendo que te ayude con este niño. Eres una desagradecida. En eso no te pareces a tu madre.
—Por favor, vete, tía. No quiero discutir, como de costumbre. Ven a verlo cuando quieras, pero no para mandarme lo que tengo que hacer. Soy mayorcita y esta es mi casa.
Estrella se marchó dando un fuerte portazo y no volvió a aparecer por la vida de Sonia hasta muchos meses después. Hasta que Daniel cumplió los dos años y Sonia, rebajándose como tantas veces, la llamó suplicándole su perdón y rogándole que volviese a tener relación con ella. Al fin y al cabo era su única familia.




CAPÍTULO SEGUNDO

Todos los días, Sonia llamaba al Ministerio de Exteriores para ver si sabían algo de Ricardo Bosco. Y todos los días, después de pasarle por varios departamentos, la respuesta era la misma: aún no sabían nada. Así pasó una semana, y otras más, y un mes, y varios más. Y lo que iba a ser una semana de sus vacaciones para poder cuidar de Daniel se convirtió en una larga excedencia al pasar a ser oficialmente madre de acogida.
Las llamadas al ministerio dejaron de ser diarias para pasar a ser semanales y luego quincenales. Pero terminaron cansando, y un día le dijeron que no llamase más, porque en cuanto supiesen algo se lo comunicarían de inmediato. A Sonia, lejos de molestarla el desconocido paradero de Ricardo, la alegraba saber que, por el momento, nadie iba a apartarla de Daniel, e hizo lo que le solicitaron: no importunar más.
El amor que Sonia sentía por el niño crecía día a día igual que una planta con ayuda de agua, oxígeno y sol. Cuando Daniel cumplió dos años, decidió buscar una guardería para llevarlo y volver al trabajo. Bueno, en realidad no fue una decisión de motu proprio más bien se vio presionada por Rafael, que llevaba tiempo insistiendo, sin parar de suplicarle, que volviese al trabajo porque la necesitaban. Cuando Sonia estaba a punto de darse por vencida ante su persistencia, él mismo se encargó de encontrar una con muy buenas referencias y cerca del departamento de Servicios Sociales, así no podría echarse atrás. Y Sonia, sin poder poner ninguna excusa más, retomó su vida. Aunque ahora su vida tenía un aliciente muy especial: Daniel. Antes todo para ella era su trabajo, ahora su todo era él.
El sobrio carácter de Sonia, vestida siempre de traje chaqueta y con su moreno y largo pelo recogido en un moño, se amansó con el paso de los meses. Eso sí, tan solo lo hizo de puertas para adentro de su casa, con Daniel, y dejó entrever algún atisbo de ese cambio a Rafael y un pequeño vislumbre a Encarna. Nada más. A nadie ni en ningún otro lugar mostró esa variación, y mucho menos en su trabajo. La dama de acero continuaba siendo férrea en su despacho, en el papel de jefa, en su división, pero en cuanto abandonaba aquel lugar, toda su vida giraba en torno a Daniel, no había nada más en el mundo para ella, y tampoco lo necesitaba. Él la llenaba plenamente, jamás rio tanto, de ningún modo fue tan feliz, nunca amó tanto ni de esa forma tan pura e incondicional. Antes nunca miraba el reloj buscando la hora para salir del trabajo, y ahora ansiaba que las agujas la marcasen, y en cuanto lo hacían, corría veloz a recoger a Daniel para pasar toda la tarde a su lado, jugando, tirándose al suelo con él como si fuese una niña, disfrutando como no lo había hecho en su vida, ni siquiera cuando era pequeña. Su tía nunca jugó ni un solo segundo con ella, en absoluto perdió un pequeño instante de su tiempo para hacerle sonreír e hizo que madurase rápido y veloz, perdiéndose por el camino toda su infancia y adolescencia. Pero ella no estaba dispuesta a que eso le ocurriese a Daniel. Él tendría la infancia que ella nunca disfrutó, una infancia llena de recuerdos felices, de sonrisas y juegos.
Los años pasaron, y Sonia se mudó a un piso más grande para tener más espacio. Todo cuanto hacía lo hacía para y por Daniel. Lo quería con locura, y Daniel la quería igual a ella. La relación entre ambos creció y se soldó hasta fundirse, en verdad eran dos personas unidas en una sola alma.
Al llegar el séptimo cumpleaños de Daniel, en 1995, Sonia preparó una fiesta por todo lo alto. Invitó a Rafael, su jefe y único confidente, el único hombre que apreciaba y a quien mostraba afecto. Seguramente se debía a que él nunca le había cuestionado o dicho lo que debía o no hacer, y ella lo respetaba por eso. Y precisamente ese respeto mutuo los había llevado a iniciar una amistad que jamás mezclaban con los asuntos laborales; esa era la clave del éxito de aquella singular relación.
Sonia también invitó a Encarna, compañera de trabajo desde hacía muchos años y con la que tenía buena relación, y a otras dos compañeras más que se habían interesado siempre por Daniel, algo que ella agradecía. Por supuesto, Estrella, su tía, también iba a acudir, porque su relación con Daniel era bien distinta a la que tuvo con Sonia. Con él reía, jugaba e incluso le decía que lo quería, algo que Sonia no recordaba haber escuchado nunca de boca de su tía. Y como no podía ser de otra forma, para que aquel cumpleaños fuese ideal también invitó a los mejores amiguitos de Daniel. Iba a ser una celebración completa, porque Sonia tenía un gran regalo para él.
Cuando ese día acudió al colegio a recogerlo, Daniel, que era muy observador, se percató del cambio en la sonrisa de Sonia, aquel trazo en sus labios al verlo era más inmenso de lo acostumbrado. Ella lo abrazó con mucha fuerza y le dijo que tenía un regalo para él, un increíble regalo, le recalcó. Pero para dárselo, antes él debía decidir si lo quería o no.
—¿Qué es, mamá? —preguntó Daniel completamente ilusionado.
—Vamos andando y te lo cuento, ¿vale?
—Vale, venga, cuéntamelo. —Comenzó a andar, cogido de la mano de Sonia.
—Verás, ya sabes que tú antes de encontrarme tenías una mamá y un papá, ¿cierto?
—Sí, lo sé, ya me lo has contado muchas veces. Pero tú eres mi mamá. Yo te quiero y tú me quieres a mí.
—Por supuesto —contestó Sonia, parándose un momento para darle un gran beso. Después continuaron andando—. Y sabes que esa es la razón por la que tus apellidos no coinciden con ninguno de los míos.
—Sí, también me lo has explicado muchas veces.
—¿Y qué te parecería tener mis apellidos? Te llamarías Daniel Argüelles Langa en lugar de Daniel Bosco Expósito. ¿Quieres? —le preguntó, parándose de nuevo.
—¡Sí, mamá, sí! —exclamó feliz, abrazándose a ella.
—Pues ese es mi regalo —dijo Sonia con la voz emocionada—. Ahora serás mi hijo legalmente. —Lo besó en la cabeza sin parar.
—¿Legalmente? ¿Qué significa eso? —preguntó él extrañado, mirándola sin pestañear.
—Que siempre estaré contigo, nunca me separaré de ti, jamás. ¿Quieres? —volvió a preguntar, sonriendo, mientras una lágrima saltó a su rostro.
—¡Sí, quiero legalmente! —contestó Daniel sin parar de abrazar a Sonia, su madre.
Sonia comenzó a reír al ver y sentir la felicidad de Daniel. Al fin su sueño se hacía realidad, Daniel iba a ser oficialmente su hijo. Tras declarar muerto a su padre, la única familia que tenía, ella podía adoptarlo. El seis de junio de 1995, Daniel cambiaba de apellidos de forma legal por los de su madre, Sonia.

***

Todo marchaba sobre ruedas y el tiempo corría veloz. Sonia se sentía realizada, no necesitaba ningún hombre en su vida, como algunas de sus compañeras se empeñaban en decirle y muchas otras no paraban de dejárselo caer. Y no sería porque no hubiese hombres interesados por ella. En el trabajo, sin ir más lejos, tenía a dos moscardones revoloteando siempre a su alrededor. La dama de acero era atractiva, a pesar de esconder toda su gran belleza bajo su austeridad, pero ella pensaba que el amor de pareja estaba sobrevalorado, no le hacía falta nadie más que Daniel para ser feliz; él era su príncipe azul, todo cuanto quería, su niño. Y su niño estaba a punto de cumplir ocho años, solo faltaban dos días para la maravillosa fiesta que le tenía preparada.
Pero ese día, el cinco de febrero de 1996, todo cambió de repente. Los invitados eran los mismos del año anterior, y todos estaban ya en su piso. Todos salvo Rafael, algo totalmente inusual en él, que era casi obsesivo con la puntualidad.
—Qué raro que Rafael no esté aquí ya —le comentó Encarna a Sonia, que asintió con la cabeza sin mediar palabra.
Casi media hora después de comenzar la fiesta, Rafael apareció. Su semblante era extremadamente serio y estaba lívido. A Sonia no le gustó su rostro, era la cara de las malas noticias. Ni siquiera felicitó a Daniel. Pasó al salón con una mirada ausente, se acercó a Sonia y, cogiéndola del brazo, se la llevó hasta la cocina, un lugar donde no había nadie en ese momento.
—¿Qué ocurre? Me estás asustando —dijo Sonia mientras Rafael cerraba la puerta.
—Siéntate, por favor. —Su timbre de voz sonó apagado.
—¿Qué pasa? Habla de una vez. —Sonia alzó la voz.
—Ricardo Bosco ha aparecido.
—¿¿¿Qué??? —preguntó incrédula ante lo que acababa de oír.
Las rodillas de Sonia fallaron y tuvo que apoyarse con fuerza en la silla que estaba a su lado para no caer. Acto seguido se sentó en ella.
—Te dije que te sentases, pero eres siempre tan testaruda… —refunfuñó Rafael.
—¿Cuándo? ¿Cuándo ha aparecido?
—Hace unos días, aunque a mí me lo han comunicado hace más o menos una hora. Y ya sabes lo que quiere.
—¡¡¡No!!! ¡Eso, no! ¡Es mi hijo! —escupió Sonia con rabia, levantándose de la silla a la vez—. Yo lo he adoptado, lleva mis apellidos. No puede pensar que voy a renunciar a él sin más.
—Sonia, por favor, cálmate. Entiendo tu postura, pero es su hijo, él es su verdadero padre.
—¡Y yo qué! —gritó con fuerza—. Acaso yo no lo he criado, no lo considero mi hijo aunque no lo haya parido. Puedes mirarme a la cara y decirme que no soy su madre. —Le fulminó con la mirada—. Llevo seis años y nueve meses con él, los mejores de toda mi vida, y no voy a consentir que nadie me diga que no es mi hijo.
—Mira, Sonia, yo estoy de tu parte, aunque ahora mismo no lo veas, pero entiendo su postura también. Mañana me reuniré con él y contigo en mi despacho. Hay que buscar una solución a esto.
Sonia volvió a sentarse, intentando contener las lágrimas que sus ojos estaban a punto de derramar. En ese momento, la puerta de la cocina se abrió, y Estrella, su tía, los miró con recelo.
—¿Se puede saber qué hacéis aquí los dos solos y encerrados?
Sonia pulverizó a su tía con la mirada y prefirió no contestar a su absurda pregunta. Una pregunta que estaba segura era más una insinuación. Mejor guardarse la grosera contestación que pasó por su mente en ese momento.
—Solo hablábamos —respondió Rafael.
Sonia se levantó de nuevo, suspiró fuerte y salió de la cocina, adentrándose en el comedor. Al ver a Daniel jugando con sus amiguitos, sonriendo feliz, no pudo contener por un segundo más las lágrimas. Se las enjugó velozmente, pero Daniel reparó en que a su madre le ocurría algo y se acercó hasta ella.
—¿Qué te pasa, mamá? ¿Estás triste?
—No, todo lo contrario, cariño. —Intentó sonreír—. Estoy muy feliz de ver lo bien que te lo estás pasando. Voy un momento al baño, ahora vuelvo. Tú sigue jugando y disfruta de tu cumpleaños, ¿vale?
—Vale —contestó él, y le dio un beso antes de volver con sus amigos.

Sonia entró en el baño y, presa del pánico, se derrumbó en llanto. Nunca había sentido aquel fuerte dolor que le oprimía el pecho y la dejaba sin aire que respirar. Era espantoso, escocía, quemaba, ardía. Era una desazón infernal, un tormento apabullante y atroz. «No me lo puede quitar, no puede, no es justo, yo lo quiero, es mi niño, es mi hijo», no paraba de repetirse sin dejar de llorar. Y así paso largo rato encerrada en aquel baño, intentando mitigar un poco el brutal desasosiego que recorría su cuerpo antes de volver a salir de allí y ver de nuevo la cara de su pequeño.


¿Os han gustado estos dos capítulos? ¿Os apetece leer más? Pues a qué esperáis para haceros con esta novela llena de emoción y sentimientos. Podéis encontrarla en:






Entre otros muchos lugares, por supuesto. Y si vivís cerca en Arganda del Rey, Rivas, Campo Real, Perales de Tajuña o Belmonte de Tajo, también podéis encontrarla en:

Librería Guillén (Arganda)
Papelería Sayri (Arganda)
Librería Anlli (Arganda)
Librería L@piz (Arganda)
Librería Goméd (Arganda)
+ Q Libros (Campo Real)
Librería El Cruce (Perales de Tajuña)
Tu Tienda (Belmonte de Tajo)
Espacio Lector Nobel (Centro Comercial H2O, Rivas Vaciamadrid)

También podéis solicitarla en vuestra librería habitual. Basta con dar titulo, autor y editorial (Imágica Romántica) y ellos la pedirán a su distribuidor para hacérosla llegar. 

Y para acabar os dejo dejo con el vídeo de la presentación de "Todo por Daniel", mi segunda novela publicada. Espero que hayáis disfrutado de esta entrada, queridos lectores. Un placer contar con vosotros.



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