lunes, 22 de febrero de 2016

PRIMER CAPÍTULO DE "LA ESENCIA DE MI VIDA" Y BOOK TRAILER.


1

Las piernas me temblaron un poco al cerrar la puerta. Al girarme, vi a Sofía apoyada en el coche, esperándome. Observé a la gente que transitaba por la calle en ese momento, agarrándome con fuerza a la barandilla para bajar los cuatro escalones que separaban mi casa de la acera. El corazón me latía con fuerza al escuchar el ruido de la ciudad, el rugir de los motores, las voces de los transeúntes. Llevaba diez meses y trece días sin salir de casa y sentí un poco de miedo al contactar con el mundo otra vez. La última vez que pisé la calle fue para ir a la consulta de mi psicóloga, la doctora Gálvez. Ese día le dije que no iba a volver más; ya no me podía ayudar, había hecho demasiado y no quería hacerla perder su tiempo conmigo. Mi alma nunca volvería a ser la misma, pero tendría que aprender a vivir así. No obstante, ella se negó a perder nuestra relación y siempre que podía se pasaba por casa para hacerme una visita, o me llamaba por teléfono para saber cómo me encontraba.
Al llegar al tercer escalón, la rodilla me falló y perdí un poco el equilibrio.
—¡Cuidado, Álex! —exclamó Sofía, acercándose a mí para sujetarme por el brazo.
—Tranquila, solo estoy un poco nerviosa después de tanto tiempo sin relacionarme con la ciudad.
—¿Sabes qué me dijo el otro día tu madre?
—Cualquier cosa, ya sabes cómo es.
—Que te estás volviendo huraña —dijo mirándome fijamente.
—Lo que te he dicho, cualquier cosa. —Me encogí de hombros.
—Álex, te quiero mucho, lo sabes. Y odio decirte esto, pero tú madre lleva algo de razón. No puedes seguir ocultándote de la vida dentro de tus cuatro paredes, al final te volverás huraña y loca. No vas a cambiar nada viviendo así y lo sabes.
—Así que ahora mi mejor amiga se compincha con mi madre. ¡Qué bonito! —Resoplé.
—Sabes que nunca le he dado la razón, por eso no soy santo de su devoción, pero esta vez sí la lleva.
—Bueno, entremos en el coche y luego hablaremos de ese tema, por favor.
—De acuerdo —contestó, y nos montamos las dos en el coche. Nos pusimos en marcha, sumándonos a la marea de vehículos que circulaban en ese momento por la carretera.
Hoy, veinticinco de abril, mi ángel cumpliría nueve años. Por eso había salido de casa, para visitarla a ella y a mi corazón que dormía en su regazo desde entonces. Todos los veinticinco de abril desde hacía cinco años iba a verla y la llevaba su tarta preferida, de chocolate. Luego pasaba allí toda la mañana, recordándole anécdotas nuestras y riendo de sus travesuras, de las pocas que le dio tiempo a hacer. Cuando me marchaba me iba tan hundida que me llevaba meses reponerme un poco, si bien nunca lo hacía del todo, era imposible.
El día más feliz de mi vida fue el veinticinco de abril de 2004, ese día nació Carla, mi ángel. Una hermosa niña de tres kilos doscientos gramos, morenita y con unos despiertos ojos que se comían el mundo. Era tan guapa que parecía una muñequita. Todas las enfermeras se acercaban a verla de lo bonita que era. Me regaló los cuatro mejores años de toda mi vida. Hasta que un día decidió abandonarme, dejándome tan desolada que decidí enterrar mi corazón con ella. Ese fue el día más amargo de mi vida, el día que un médico me dio la noticia de que mi pequeña había fallecido. Jamás podré olvidar el dolor tan grande que sentí. Si me hubiesen atravesado el corazón con un hierro candente no me hubiese dolido ni la mitad. Dieciséis de abril de 2008, ese fue el día más duro de mi vida, el que cambió todo para mí.
Todo empezó de la forma más tonta, con un simple constipado. La llevé al pediatra, que le mandó un jarabe, como siempre, y para casa. Unos días después, lejos de mejorar, Carla empeoró. Le costaba respirar y tenía un tono azulado en los labios que no me gustó nada, así que me acerqué con ella a las Urgencias del hospital. Al llegar allí la pasaron rápidamente a que la examinase un médico. Después de practicarle un riguroso chequeo con el estetoscopio, me dijo que le iba a realizar alguna prueba para descartar problemas de corazón. Mi cara tuvo que reflejar mi nerviosismo, y él intentó tranquilizarme diciéndome que seguramente no fuese nada importante, pero que era mejor prevenir. Le realizaron un electrocardiograma, después un ecocardiograma, una tomografía y una analítica. Cuando el médico se acercó a mí, su cara lo delataba, no era portador de buenas noticias. Me contó que al examinarla le pareció que tenía un soplo, pero uno no común que las pruebas habían confirmado. Se iba a quedar ingresada para realizarle más pruebas, debían asegurarse de que no hubiese algo más. Finalizada la última, una angiografía, emitiría un diagnóstico. Me abracé a Sofía llorando, mientras él se marchaba, y pensé que debía llamar a Raúl, su padre, mi marido hasta hacía cuatro meses.
Dos días después de llegar al hospital terminaron de hacerle todas las pruebas. El médico nos condujo hasta un despacho para hablar con su padre y conmigo. Nunca olvidaré aquellas palabras, igual que nunca olvidaré aquellos espantosos días en que mi ángel no paró de sufrir con tanta prueba, médicos y demás. «Bueno, ya tenemos un diagnóstico. Su hija tiene un mixoma auricular. Es un tumor cardiaco primario: o sea, que comienza dentro del corazón. Realmente son poco comunes, pero Carla lo tiene. Las pruebas son concluyentes y la analítica muestra un claro incremento de los glóbulos blancos y una tasa de sedimentación eritrocítica elevada. No hay ninguna duda, hay que intervenirla.» Durante unos segundos Raúl y yo nos quedamos callados, mirándonos con los ojos llenos de pánico. El doctor se dio cuenta y empezó a tranquilizarnos, explicándonos cómo procederían en la intervención. Al terminar firmamos la autorización correspondiente e iniciaron el protocolo del preoperatorio.
Cuando abandonamos el despacho, Raúl me abrazó con fuerza, pero yo lo empujé, apartándolo. No podía soportar que me abrazase después de su infidelidad, que me tocase con aquellas manos con las que había abrazado a otra mientras vivía conmigo. Aún no conseguía apartar de mi mente la imagen de verlo en nuestra cama revolcándose con otra, tirándosela en el mismo lugar donde dormíamos juntos y me decía que me amaba. Ni lo podía olvidar ni lo perdonaría nunca. Jamás. En ese momento me recorrió una terrible angustia y pensé que a lo mejor por mi culpa Carla estaba en esa situación. Los últimos meses había estado muy hundida con la traición de Raúl. Quizá no le había prestado la suficiente atención y mi radar materno no se había activado. Realmente, durante esos meses el instinto maternal se encontraba sepultado por el insoportable dolor de amante esposa engañada cruelmente. Si hubiese estado más pendiente de ella, igual había detectado algo fuera de lo común.
Dos días después Carla entraba en quirófano para ser intervenida por el mixoma. Pero todo se complicó en aquella operación, y mi ángel nunca despertó de la anestesia. Falleció en la mesa de operaciones, allí sola, rodeada de médicos, pero sin la compañía de su madre. Me llevó años perdonármelo, tanto no haber estado con ella, a pesar de saber que eso nunca habría sido posible; como pensar que debía haberle hecho más caso y detectar yo, su madre, antes que nadie, su problema de salud. La doctora Gálvez me ayudó a entrar en razón, después de casi cuatro años, pero lo consiguió. Ahora no me echaba nada en cara, sabía que yo no había sido culpable de todo aquello. Solo me sentía muy sola sin ella, totalmente vacía, nada más.
—Bueno, ya hemos llegado —dijo Sofía, parando el motor del coche al lado de la puerta del cementerio.
—Has traído la tarta, ¿verdad?
—Sí, está ahí detrás. Y no es que me importe, lo sabes, pero deberías haber ido tú a por ella. Tienes que salir de casa.
—Ahora no, por favor, Sofí, luego hablamos.
—Vale. ¡Mira, ya está aquí! —expresó, señalándome con la cabeza el Audi TT rojo que llegaba al aparcamiento del cementerio.
—Espera que me arme de fuerza antes de salir para soportarla. No sé con qué sermón me sorprenderá hoy.
—¡Venga hombre, es tu madre! Vale que yo no hable bien de ella o que crea que es una bruja, pero en ti no está bien.
—¿Y qué te hace tener dudas de que no sea una bruja? ¿Por qué no le ves la escoba?
—Cuando quieres eres muy mordaz y lo sabes —contestó con una media sonrisa—. Pero hay que reconocer que a veces tu madre se lo gana a pulso. —Sonrió más, al final reímos un poco las dos.
Mi madre se acercó hasta nosotras con sus aires de superioridad gobernando el ambiente. Siempre iba tan estirada que parecía le hubiesen pegado un palo a la espalda para no sufrir la mínima inclinación. Desde mis primeros recuerdos, nunca rememoraba no haberla visto arreglada y maquillada desde primera hora de la mañana, aunque no fuese a salir de casa. Pero cuando mi padre murió y ella se hizo cargo de la editorial, pasó a vivir tan pendiente de su imagen que no existía nada más para ella. No le gustaba que me viesen mucho a su lado, mi pena no pegaba con su glamour, estropeaba su imagen de mujer espectacular que tonteaba con hombres veinte años más jóvenes que ella. Realmente siempre había sido muy guapa, pero ahora los milagros de la cirugía plástica la habían dejado mejor que bien. Maite, mi madre, era una mujer alta y delgada, con el pelo cobrizo, los ojos marrones y almendrados, una tez fina como de porcelana y unos labios carnosos muy bien dibujados. Yo no me parecía mucho a ella, ni tampoco a mi padre, mi madre siempre decía que había salido a la familia de mi abuelo paterno. De altura estábamos a la par, pero yo siempre había usado más talla que ella, mis caderas eran más anchas. Si bien ahora mi extrema delgadez me había dejado en una talla treinta y seis. Desde hacía cinco años no me teñía el pelo, con lo cual tenía mi color original, castaño. Y me había crecido tanto que mi corta melena de antaño se había convertido en una mata de pelo hasta media espalda. Para mi madre era una persona, como solía decir ella, tan normal que pasaba desapercibida. Castaña, con ojos negros inexpresivos, delgaducha y con la pena impresa en mi rostro. Eso es lo que menos soportaba, estaba convencida. Pero no por mí, sino por ella; no poder presumir de hija la consumía. Cuando todo iba bien en mi vida, era feliz, me arreglaba y deslumbraba, mi madre me exhibía como un trofeo ante sus conocidos. Aún recuerdo la primera vez que expuse mis cuadros junto con otros dos pintores en una importante galería de Madrid. Esa noche tuve la impresión de que ella me exponía a mí en lugar de mi obra. Cada vez que alguien le decía lo guapísima que era se hinchaba de felicidad, se pavoneaba sin cesar, mostrando a todos lo que mejor había hecho en el mundo, a mí. Ahora, sin embargo, si pudiese me escondería. No me cabía ninguna duda.
—¿Vais a bajar del coche u os vais a quedar ahí?
—Hola, Maite —saludó Sofía con una falsa sonrisa.
—Buenos días, mamá. Gracias, estoy bien, ¿y tú? —respondí con sarcasmo, saliendo del coche.
—Hola, buenos días a las dos.
—Tu hija ha salido de casa hoy después de más de diez meses, ¿no le vas a preguntar nada? —Sofía la miró  fijamente mientras cerraba el coche.
—Por supuesto. No me hace falta que tú me digas lo que sé que tengo que hacer, guapa.
—Gracias por el cumplido, Maite. —Volvió a sonreír falsamente.
—Paz, por favor, o no entrareis ninguna al cementerio conmigo —dije, mirándolas seria—. Coge la tarta, Sofí.
—Sí, ahora mismo.
—¿Cómo estás, cariño? —Mi madre entrelazó su brazo al mío.
—Bueno, me han temblado un poco las piernas al salir, pero ya estoy bien.
—Álex, debes empezar a cuidarte más. Tienes casi treinta y cinco años, toda una vida por delante. Arréglate, maquíllate, cuídate de las arrugas, ya estás en esa edad. Y sobre todo sal más, no te encierres, hija.
—En eso sí tengo que dar la razón a tu madre —contestó Sofía.
—¡Santo Dios! —exclamó asombrada—. No me puedo creer lo que acaban de escuchar mis oídos —manifestó mi madre mirando a Sofía sin pestañear.
—Cuando llevas razón, la llevas —le respondió esta.
—¿Has visto, Álex? Con tu actitud vas a conseguir que las dos opinemos de la misma forma.
—Sí, ya lo veo. Ahora tendré que soportar a dos dándome la paliza en lugar de a una. Y, por favor, aparquemos el tema. Ahora solo quiero estar con mi pequeña.
—De acuerdo —contestaron las dos a la vez, mirándome.
Pasamos toda la mañana en el cementerio, como cada año. Al llegar la hora de comer lo abandonamos, dejando otra pequeña parte de mí al marcharme, como cada año. Cerca de la salida, Raúl estaba esperando que me marchase para acercarse él, como cada año. Pero esta vez no venía solo. Una mujer bastante guapa lo acompañaba agarrada a su brazo. Al pasar por su lado, ella bajó la cabeza.
—Álex, tenemos que hablar —me enunció Raúl con un tono de voz suave.
—No sé de qué quieres que hablemos, pero este no es lugar. ¿No crees? —contesté a la defensiva, como siempre desde nuestra separación.
—Lleva razón —corroboró la mujer que lo acompañaba.
—Bueno, pues te llamaré para hablar.
—Vale. Aunque no sé si estaré en casa o si el móvil tendrá batería —repliqué, alejándome de él.
Cuando llegamos a los coches Sofía empezó a reír sin parar. Mi madre y yo la miramos sorprendidas, sin saber qué era lo que tanta gracia le hacía.
—¿Se puede saber de qué te estás desternillando? —le preguntó mi madre.
—De lo graciosa que es tu hija. —Continuó riendo—. ¡Ha sido buenísimo!
—¿Qué he dicho tan gracioso?
—Que no sabes si vas a estar en casa. Pero si no sales de ella —contestó con las lágrimas asomando a sus mejillas de tanto reír.
Mi madre y yo nos miramos y no fuimos capaces de contener la risa. Nos unimos a Sofía y su contagiosa risotada durante unos momentos.
—Es muy gracioso, de verdad —dijo Sofía, secándose el rostro.
—Anda, vámonos para casa —le respondí, intentado ponerme seria.
—Álex, he pensado que podía pedir algo de tu restaurante favorito y comer las tres juntas en tu casa. ¿Qué te parece? —me preguntó mi madre.
Las risas se cortaron al instante, ahora predominaba el desconcierto en nuestros rostros, en el de Sofía y en el mío propio. Seguramente ella estuviese pensando lo mismo que yo en este momento. ¿No era suficiente con aguantarla unas horas? No me apetecía nada pasar más rato con ella, era raro que no acabásemos discutiendo. Sin embargo, me dio pena decirle que no.
—Vale, de acuerdo —asentí.
Sofía me miró alucinada y asustada a la vez.
—Entonces vamos para tu casa —dijo mi madre, y se encaminó a su vehículo.
Al montarnos en el coche y ponerlo en marcha, Sofía se dirigió a mí.
—¿Estás loca? Sabes que cuando estáis mucho juntas acabáis mal. Tu madre empezará a meterse en todo y tú no lo soportarás. Aparte de que tú y yo no podremos hablar de nuestras cosas con ella delante. Necesitaba tus consejos. —Suspiró fuerte.
—¿Otra vez has discutido con Miguel?
—Más o menos —contestó.
—Sofí, no sé qué habrá ocurrido esta vez, pero Miguel es un buen tío y está loco por ti. No lo estropees, por favor.
—Lo sé, Álex, de verdad. Solo que me ha propuesto algo que en estos momentos no sé cómo afectará en mi vida laboral, y me asusta.
—A ver, desembucha —la miré seria.
—Quiere que tengamos un hijo. —Le tembló la voz al contestar.
—¿Y dónde está el problema? —le pregunté confusa—. Eso es maravilloso. Tenéis una relación sólida, lleváis casados… ¿Tres o cuatro años?
—Vamos a hacer cuatro.
—Bien, cuatro años llenos de amor y felicidad. Tú tienes treinta y tres, edad de sobra para ser madre. Por ese lado todo está claro. ¿Qué ocurre con tu trabajo?
—Pues que podrían ascenderme, y sé que si me quedo embarazada ni me lo propondrán. —Volvió a suspirar fuerte.
—Entonces tendrás que sopesar qué es más importante en tu vida, un ascenso o ser madre, algo increíble —la garganta se me anudó en ese momento.
—¡Joder, has dicho las mismas palabras que Miguel!
—Porque tendrás que elegir, Sofía. —Hice un mohín—. Pero yo no tendría ninguna duda en ese tema. Daría toda mi vida por volver a pasar los cuatro maravillosos años que me regaló Carla junto a ella.
—No sabía si comentártelo. Sé que hablar de esto debe de ser duro para ti, pero eres mi mejor amiga y siempre has sabido aconsejarme en todo. Necesitaba escuchar tu opinión.
—Pues ya la sabes. No tengas dudas sobre eso, cariño, lo mejor de este mundo es ser madre.
—Gracias —dijo abrazándose fuerte a mí.
—De nada —respondí, notando una lágrima rodar por mi mejilla—. Ahora vámonos o mi madre pensará que le hemos dado esquinazo.
—¡Oh, no me des ideas! —imprecó, y nos reímos.
Mi madre esperaba apoyada en la barandilla de mis escaleras con el pie en continuo movimiento. Eso significaba que estaba harta de esperar.
—¿Dónde demonios os habéis metido? —nos interrogó alterada.
—Nos ha pillado un pequeño atasco, Maite, cálmate —contestó Sofía, aguantando la risa mientras me miraba.
Bajamos del coche y subimos los cuatro peldaños que separaban mi casa de la ciudad. Cuando estaba abriendo la puerta escuché una voz varonil pronunciando mi nombre y me giré.
—Alejandra Villanueva Ramos, ¿es usted? —me preguntó.
—Sí, soy yo. ¿Qué ocurre?
—Buenos días, soy Esteban Rozalén, abogado del señor Alejandro Maxwell. ¿Podría hablar un momento con usted? Es importante.
—¿Sobre qué? —interpeló mi madre airada, sin dejarme ni reaccionar.
—¿Ese no es aquel importante pintor amigo de tus padres? —me preguntó Sofía al oído.
—Creo que sí —afirmé.
—Es sobre su testamento, el señor Maxwell ha fallecido y le ha declarado su heredera universal.
—¿Cómo? ¿Por qué? No entiendo nada —contesté aturdida.
—Bueno, usted es su única hija, es lo normal.
—¿Qué? —pregunté perpleja—. Si esto es una cámara oculta no tiene la menor gracia, se lo aseguro —respondí mirando a mi madre, viendo cómo esta se sentaba en uno de los peldaños, turbada.
—No es ninguna broma, créame, señora —confirmó serio.
—Mamá, di algo, por favor —le supliqué con un nudo en la garganta, sintiendo mi cuerpo temblar.
Mi madre me miró fijamente, con los ojos llenos de lágrimas, y balbuceó algo, pero rompió a llorar sin poder proseguir.
—Mire, porque no pasamos a su casa y hablamos esto mejor dentro —aseveró el señor Rozalén.
—Mamá, habla, por favor, ¡explícame qué es todo esto! —Elevé un poco el tono de mi voz.
Mi madre se levantó, sujetándose a la barandilla sin pronunciar ni una sola palabra. Luego volvió a mirarme fijamente y continuó llorando.
—Álex, será mejor que paséis dentro y habléis. Yo me voy a casa, esto es un asunto familiar. —Sofía me dio dos besos y bajó la corta escalera.
Sin poder reaccionar aún, abrí la puerta de mi casa y entramos los tres al salón. Con un silencio sepulcral, mi madre y yo nos sentamos en el sofá, cada una en una punta, y el señor Rozalén en el otro. Me giré hacia ella, esperando una respuesta, una aclaración a la noticia que acababa de recibir, pero continuaba azorada.
—Mamá, ¿es cierto? ¿Es mi padre? —pregunté, ahogada en incomprensión.
—Sí, lo es —contestó, después de un largo silencio—. Alejandro Maxwell es tu padre biológico. —Lloró más fuerte.
—Perdone mi brusquedad, no debería haberlo soltado así sin más, disculpe mi falta de tacto —declaró el señor Rozalén—. Mejor las dejo solas para que hablen esto y vuelvo mañana para hablar con usted. —Se levantó del sofá.
—No, dígame para qué ha venido. Ya tendré tiempo de aclarar todo esto con mi madre luego —respondí con rabia.
—Como le he adelantado antes, su padre ha dejado todos sus bienes a su disposición. Yo he sido su abogado desde hace once años, desde que se trasladó a vivir a Rota. Quiero saber si se va a hacer cargo de la herencia o no. Sabrá que eso conlleva unos costes económicos que serán elevados por la gran cantidad de patrimonio, aunque también dejó una buena suma de dinero en depósitos bancarios. Lo único que quiero saber es si acepta el testamento para arreglar todo el papeleo cuanto antes, y las titularidades.
—¿Cuándo ha muerto? —preguntó mi madre secándose las lágrimas.
—Hoy hace cinco días.
—¿De qué? —volvió a preguntar.
—Un infarto, murió mientras dormía. Una muerte dulce, ni siquiera se enteró.
—¿Y qué quiere que haga? —le interpelé confundida, sobrepasada por la noticia—. Me refiero a qué debo hacer en caso de aceptar y qué es lo que acepto.
—Debería acercarse a Rota y allí el notario le leerá el testamento. Usted decidirá lo que quiere hacer —contestó, metiéndose la mano en el bolsillo y sacando algo—. Tome, esta es mi tarjeta. Si decide acudir, llámeme y yo la acompañaré. Además, le mostraré una pequeña parte del patrimonio que ha heredado.
—De acuerdo. Me lo pensaré y le llamaré con mi decisión —dije, asintiendo a la vez con la cabeza.
—No tarde en tomar una, señora Villanueva.
—Lo tendré en cuenta, gracias. —Lo acompañé hasta la salida y se marchó.
Cuando cerré la puerta estaba tan aturdida que no sabía qué hacer. De golpe y porrazo había pasado de ser la hija de Julio Villanueva a ser la hija de Alejandro Maxwell. ¿Lo sabría mi padre o se habría ido al otro mundo en la ignorancia? Me acerqué rápidamente al salón, poniéndome frente a mi madre.
—¿Me lo vas a contar o voy a tener que investigarlo? ¿Lo sabía mi padre? ¿Por qué no me lo has dicho nunca? ¿Acaso crees que no tengo derecho a saber una cosa así? ¡Maldita sea, habla de una vez! —levanté la voz.
—Sé que debería habértelo dicho, pero me dio miedo. No quería que me juzgases. —Se quedó en silencio.
—Vamos, continúa, ahora ya lo sé. Explícamelo todo, me lo merezco —dije cruzándome de brazos, esperando que hablase de una vez.
—Nos conocimos en una de sus exposiciones, entonces empezaba a despuntar como pintor y nos sentimos atraídos desde el primer momento. Tu padre y yo llevábamos casados dos años y éramos felices, pero él estaba más volcado en su trabajo que en mí. Se pasaba meses fuera de casa con sus negocios por medio mundo, y yo cada día me sentía más sola. La soledad es una mala compañera, necesitaba un poco de cariño. Una cosa llevó a la otra y acabé en los brazos de Alejandro.
—Mejor dirás en su cama, mamá —expresé con reproche.
—No tienes derecho a hablarme así —contestó a la defensiva.
—¿Y tú sí lo tienes a ocultarme de quién soy verdaderamente hija? Tienes una vara de medir muy particular. Pero sigue hablando, ¿mi padre lo sabía?
—Se enteró un mes antes de su accidente, nos íbamos a separar por ello.
—¿Que os ibais a separar? —La miré atónita—. De eso tampoco me había enterado. ¿Toda mi vida está montada en una mentira o es mi impresión? Dime, mamá.
—Murió antes de mover nada, no hacía falta decírtelo. Ya sufriste bastante con su pérdida.
—Y ¿cómo se enteró? ¿Se lo contaste tú?
—No. —Suspiró fuerte—. Se lo dijo Alejandro —respondió, poniéndose de pie—. Él siempre sospechó que eras su hija, a pesar de que yo se lo negué por activa y por pasiva, pero nunca me creyó del todo. Decía que te parecías a su madre, y es cierto. En su casa tenía una pintura de ella y la semejanza es indiscutible. —Hizo una pausa—. ¿Te acuerdas cuando a los diecinueve años te operaron de apendicitis?
—Sí, lo recuerdo —contesté fríamente.
—Pues él consiguió hacerse con una muestra de sangre e incluso con algún cabello tuyo para realizar una prueba de adn. Así lo confirmó. Habló conmigo y me dijo que si no se lo contaba a tu padre lo haría él, y eso hizo. El día antes del accidente de tu padre me advirtió que se iba a poner en contacto contigo, quería que supieses de quién eras verdaderamente hija. Luego la muerte de tu padre lo cambió todo. Le pedí, casi le rogué, que esperase. No era el mejor momento para hacerlo, tú estabas demasiado dolida para soportar otro golpe. Él lo entendió y accedió. Me llamaba para preguntar por ti, para saber cómo te encontrabas. Fui contándole mil mentiras, alargando con engaños tu dolor con la idea de que no hablase contigo, no quería que te enterases, tenía miedo de que me odiaras. Y entre unas cosas y otras fue pasando el tiempo. Un día dejó de llamar, de insistir, hasta hoy.
—Eres una maldita egoísta, no lo hacías por mí, sino por ti —dije llorando—. Tú no pensabas en mi bien, sino en el tuyo. La perfecta Maite Ramos no podía ser juzgada por nadie. Nadie debía enterarse de que la maravillosa y entregada esposa se revolcaba en la cama con otro mientras su marido estaba viajando por negocios. Daba igual que se hubiera quedado embarazada de otro hombre y engañase a todos, su mundo estaba a salvo guardando su mentira. Hasta una puta habría sido más honesta con diferencia.
Me dio un bofetón, girándome la cara, sus dedos se quedaron marcados en mi mejilla. Notaba el calor de ese manotazo tan fuerte que quemaba mi rostro.
—Pero ¿cómo te atreves a hablarme así? No soy ninguna puta, soy tu madre —me observó con rabia.
—Sal de mi casa ahora mismo —contesté, apretando los dientes con mi mano encima de mi rostro.
—Lo siento, no quería hacerlo, pero me has humillado —intentó acariciarme.
—No me toques. —Esquivé su mano—. Tú tienes derecho a no contarme algo fundamental en mi vida, sin embargo yo no puedo expresar lo que siento. Siempre has sido dura conmigo, a veces hasta fría y distante. Cuando ocurrió lo de Carla, cuántas veces estuviste aquí prestándome tu apoyo, casi nunca. Yo te necesitaba, pero tú estabas siempre ocupada, no tenías tiempo para consolarme. Y no conforme con eso te negaste a que tuviese a mi verdadero padre a mi lado. ¿Por qué? ¿Querías que estuviese sola? ¿Tanto me odias?
—¡Yo no te odio! —levantó la voz—. ¿Cómo puedes pensar tal cosa? Te quiero, soy tu madre.
—Una no es madre por parir, lo es por ejercer como tal. Eso tú no lo has sabido hacer nunca. Una madre antepone su vida por sus hijos, tú no serías capaz de preponer un solo segundo de la tuya. Siempre has sido tú, luego tú y después tú, y así continúas. Has permitido que un hombre se marche a la tumba sin poder decirle a su hija que él era su padre. Por favor, vete, no quiero verte ahora mismo —le señalé con mi mano la puerta.
—Pero, Álex…
—¡Que te marches! ¡Fuera! ¡Lárgate! —chillé sin dejarla terminar de hablar.
—Hija, lo siento, de verdad —dijo llorando.
—¿Que lo sientes? ¿No crees que ya es tarde para eso? No tienes ni idea de lo que es el amor maternal. Yo daría toda mi vida por pasar una sola hora con mi pequeña otra vez. Ese es el verdadero amor, el incondicional. —Las lágrimas recorrieron mis mejillas—. Eso tú no tienes ni idea de lo que es. Y ahora vete o te echaré yo misma.
Sin decir ni una sola palabra más, cogió su bolso y se marchó. Tras escuchar cerrarse la puerta, me desplomé en el suelo y comencé a llorar sin consuelo, preguntándome cómo una madre podía ser tan pancista, no lograba comprenderlo. Precisamente una madre debía ser todo lo contrario, la abnegación debía encabezar su lista de tareas. Pensé en mi padre, en el verdadero, aunque para mí Julio Villanueva siempre lo sería también. Él sí me había dado mucho cariño y amor, más que mi madre con diferencia. Me di cuenta de que no había vuelto a ver a Alejandro desde que me visitó en el hospital tras mi operación de apendicitis. Ahora comprendía el porqué, desde ahí todo se desató, aunque yo había vivido en la absoluta ignorancia. Quería saber más de su vida, de su familia, de mis verdaderas raíces. Me levanté del suelo meditando, secándome las lágrimas mientras determinaba qué hacer. Tras unos minutos de deliberación, decidí ir a Rota, no había marcha atrás. Me acercaría allí para enterarme de qué me había dejado en herencia e investigar un poco sobre él. Se lo debía, él era mi padre, había intentado decírmelo, si bien mi madre lo había manipulado todo a su antojo, lo habitual en ella.
Cogí mi smartphone y llamé a Sofía para pedirle que viniese a verme, necesitaba desahogar todo aquel nudo con ella. En menos de media hora ya estaba en mi casa, como siempre que la llamaba; ella nunca me había fallado en todos estos años. Me demostró que su amistad estaba por encima de todo, que su fidelidad hacia conmigo no tenía precio, y eso que mi madre a veces se lo puso muy difícil. Cuando le conté todo, se quedó boquiabierta.
—¿Que le has llamado puta a tu madre? —Me miró perpleja.
—No la he llamado puta, he dicho que hasta una puta habría sido más honesta.
—Vamos, que le has relegado al más bajo lugar para ella. Habrá echado espuma por la boca.
—Es como se ha comportado, Sofía, de forma rastrera.
—Si lo sé no me voy. Habría pagado por ver la cara de Maite al escuchar de tu boca todo eso. —Sonrió.
—Me ha cruzado la cara con tanta rabia que aún me duele —le expliqué mirándola.
—Las verdades molestan y no nos gusta escucharlas, por eso su ira te ha abofeteado.
—Me voy a ir unos días a Rota. Quiero saber un poco más de la vida de mi padre, si vivía con alguien, qué ha hecho estos años, si seguía pintando…
—Ahora ya sabes de donde te viene tu talento, pura genética —dijo, volviendo a sonreír.
—Sí, seguramente. —Suspiré.
—¿Por qué no vuelves a pintar, Álex?
—Porque no estoy inspirada, Sofía. Para eso necesitas a las musas, y ellas me abandonaron hace cinco años.
—¡Inténtalo! ¿Qué vas a perder?
—Lo intenté una vez, pero no funcionó. Eso es algo que surge de tu interior y ahora no lo hace. La iluminación me ha abandonado —contesté apenada.
—¿Quieres que te acompañe a Rota? Podría cogerme un par de días, los juntamos con el fin de semana y son cuatro. Así no irás sola. Es un viaje largo, nos podemos turnar conduciendo.
—¿Lo harías? —pregunté emocionada.
—¿Y qué no haría yo por ti? Ya lo sabes.
—¡Oh, gracias, gracias, gracias! —exclamé, abrazándome fuerte a ella.






¿Qué, os ha gustado este primer capítulo? ¿Queréis más? Pues ya sabéis, haceros con la novela y leérosla, os va a enganchar de principio a fin y os encantará. De hecho está gustando tanto que la segunda edición está a punto de agotarse y en breve mi editor lanzará la tercera. Muchas gracias a todos, de corazón, por la gran acogida que está teniendo mi primera novela. Si estáis interesados en leerla podéis encontrarla en:








Y en muchos más lugares. Incluso en vuestra librería habitual, basta con dar título, autor y editorial (Imágica Romántica), y el librero se la puede pedir a su distribuidor. Y para cerrar esta entrada con un buen broche fianl, os dejo con el book trailer de la novela. Hasta la próxima, queridos lectores.



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