martes, 12 de enero de 2016

RELATO CORTO: EL LATIDO DE MI CORAZÓN.



Como agradecimiento por vuestro incondicional y continuo apoyo, queridos lectores y amigos, os dejo con un relato corto. Es un relato que mi gran amiga Rita Turza me pidió un día que escribiese para colgarlo en su blog, y que hoy he decidido desempolvarlo y compartir una vez más con mis lectores. Muchos seguramente no lo hayan leído. Espero que os guste. Besos.



EL LATIDO DE MI CORAZÓN



   
                                                     



  Su imagen me aturdía, me hacía temblar, me estremecía cada vez que la veía llegar a mí tan hermosa. Sus labios perfectamente dibujados y pintados con carmín rojo, sus rasgados y verdes ojos acentuados por la máscara de pestañas, su tez fina como la porcelana, sus prominentes y sonrosados pómulos, su pelo castaño y ondulado rozándole los hombros… En verdad era toda una deidad de mujer.
  Sentado, desde mi sillón, inhalaba el aroma que desprendía a juventud, pureza y dignidad. Y ese olor hacía que mi corazón bombeara bruscamente, latiese con vigor. Entonces era consciente de que vivía conmigo, que aquel imprescindible órgano seguía ocupando su caja torácica a pesar de que yo llevara años poniéndolo en duda.
  Entendía que ella era una mujer inalcanzable. Una mujer con la que solo podría soñar. Una mujer que jamás perdería un segundo en fijar su vista en mí como hombre dispuesto a satisfacerla. Pero me era inevitable fantasear con ella, crear un mundo en el que ella se sintiera atraída por mí, un hombre maduro que buenamente podría ser su padre e incluso su abuelo. Un hombre que peinaba canas desde hacía años, con marcadas arrugas en el semblante y con una virilidad reposada, no tan enérgica como su cuerpo, debido a su joven edad, demandaría.
  No obstante, en mis sueños no existían todas esas barreras que en la realidad acotaban nuestra posible relación, que suponían una frontera a la que no me estaba permitido cruzar debido a que mi pasaporte había expirado hacía tiempo, seguramente cuando ella tomó la primera comunión. Debía ser realista, le doblaba la edad con creces, lo nuestro era imposible, inviable de todas las formas y maneras, no tenía ni el derecho a permitirme soñar con ella.
  Ella vestía con veintiocho hermosas primaveras, yo me ataviaba de sesenta y dos fríos inviernos. Ella presidía delante de mi mundo como una persona dulce, afable, entusiasta, soñadora e inocente. Yo encabeza una comitiva en busca de su admiración siendo un viejo cascarrabias curtido en todo, con un físico poco agraciado, con matiz de amargura y aire pesimista debido a los duros varapalos que había soportado a lo largo de mi vida. Tantos, que desde hacía años mi única y leal compañera era la soledad. La vida me había mostrado su peor cara con respecto a asuntos sentimentales, apartándome de mi familia, mujer y dos hijos, que habían pasado a ocupar un mejor lugar que el terrenal. No tenía nada en mi vida, únicamente poder. El poder que daba el dinero, el poder que otorgaba ser una persona importante, por lo demás estaba vacío.
  Por mi alto status social estaba acostumbrado a obtener todo cuanto me apetecía y deseaba, incluidas mujeres, todas las que quisiera. Pero ella no era como las demás, ella no se deslumbraba con los lujos ni con un nombre o apellido capaz de abrir cualquier puerta con el mero hecho de pronunciarlo. No. Ella era una mujer con dignidad, joven pero con principios, de las que únicamente entregaban su corazón por amor, no por una abultada chequera o por una visa oro, de las que no se dejaban conquistar por quién eras, sino por lo que resultabas ser para ella. Mi poder me permitía alcanzar todo cuanto quería, todo excepto a ella.
  Quizás por esa integridad tan pasmosa, tan difícil de encontrar hoy en día, tan impensable en el mundo que me rodeaba, estaba enamorado de ella. Quizás por eso la tenía aquí, a mi lado sin ser necesario ni comprensible para nadie, para poder verla y suspirar en silencio, a su lado mientras me impregnaba de su fragancia con ese dulce olor a amor propio incorruptible. Porque quizás el único momento en que me sentía vivo y feliz era cuando llegaba la hora de que ella se sentase en mi despacho, frente a mí, para redactarle una carta. Una carta ficticia que nunca llegaría al destinatario que ella creía, pues todas las direcciones de correo que obraban en su poder llevaban al mismo lugar: mi ordenador.
  Y cuando lo hacían, cuando sus cartas entraban en mi correo, saboreaba cada palabra que estaba escrita porque ellas me llevaban a asociarla con un recuerdo de ese momento. Me trasportaban al conciso instante en que estaba escribiéndola, deslizando la mano por la hoja de papel. Sus verdes ojos mirándome; sus labios provocándome, sin tan siquiera proponérselo, al humedecerlos de vez en cuando con la lengua; su fino y estilizado cuello gritándome que perdiera la boca por él; sus largos y delicados dedos a los que mis manos deseaban acariciar y dirigir; sus magníficas piernas tan estilizadas, preciosas y perfectas, cruzadas en una postura que indicaba claramente prohibición; y su hermosa cara llena de expectación esperando escuchar mis palabras para volver a deslizar la mano por el papel. Me recreaba en el recuerdo de su presencia, me alimentaba de él, vivía de los réditos que sus letras me dejaban hasta el día siguiente.
  Y al amanecer, al llegar el nuevo día, volvía a levantarme pensándola. Pensando que cerca de mediodía, como hacía casi un año, entraría en mi despacho y se sentaría frente a mí. Era la única ilusión que llenaba mi vida, la que verdaderamente me hacía levantar cada mañana.
  Y al fin llegaba el momento. Y entraba. Y nos mirábamos. Y me saludaba marcando una leve sonrisa a la par que sus ojos también hablaban. Y se sentaba. Y le dictaba una carta más. Y ella escribía. Y yo comprobaba que continuaba teniendo corazón, lo sentía, notaba su latir en mi pecho, era en el único momento capaz de percibirlo. Bombeaba a doble velocidad y en otros instantes a tempo acompasado, pero palpitaba, no dejaba de hacerlo. Y palpitaba por ella. Solo y exclusivamente por ella. Ella y su candidez se habían convertido en el oxígeno necesario para mis células. Ella, con su moral de recto orgullo y su endiablada belleza, sin lugar a dudas, se había convertido en el pulso de mi vida, en el latido de mi corazón.




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